Capítulo XXIX
Hola Chepito:
Pues como te iva contando, El Tigre le pidió trabajo al papá de la Eva y como el señor no sospechaba nada, lo aceptó. El Tigre se llevaba los cortes de telas para su casa y entregaba los pantalones ya hechos en los fines de semana (normalmente los viernes, pues sabía que la Eva, estaba ya en el pueblo). Así se pasaron algunas semanas y aquel, me contaba de poco progreso en sus “relaciones” con la Evita, es que, ella le tiene mucho miedo al papá (me decía mi hermanito).
La oportunidad que mi amigo estaba esperando, se le presentó cuando la Norma Rivera (amiga inseparable de la Eva) cumpliría años, resulta que esta muchacha le había pedido a sus padres que, para celebrarlo, deseaba ir a pasar una noche y amanecer en la playa, con todos sus amigos. Los padres de la Normita aceptaron (a puro regañadiente!) y decidieron alquilar un microbús de los que van de Santa Tecla a San Salvador, para viajar todos los amigos de la Normita y ellos se irían en su carro. Se escogió salir a las 4 de la tarde de un viernes, y se partiría de la casa de la Normita (obviamente); debido a que, El Tigre no era muy amigo de la Norma y a pesar, de haber sido invitado por la Eva, este no viajaría en el microbús, de tal manera que este, me pidió que le acompañara en su viaje hacia la playa de Jicalapa, acepté ir con él y como aquel quería que nos fueramos a pie desde el pueblo, atravezándonos la alta y extensa cordillera que nos separaba del litoral del pacífico, tendríamos que salir temprano en la mañana del viernes para llegar al lugar a la hora que más o menos, ellos estarían llegando esa tarde/noche. El lugar de reunión de llegada sería la casona de don Alcides Cortez en el pueblito de Teotepeque, distante solo unos pocos kilómetros de Jicalapa, y lugar adonde -religiosamente- llegaban caravanas de cientos de personas de mi pueblo, para participar en la famosa Romería de Jicalapa, este señor (don Alcides) había entablado una gran amistad con don Angel Arana quien era un gran organizador de estos viajes a la romería y según contaban algunas personas de edad en el pueblo, era este señor el que a principios de los años cincuenta, había empezado la tradición de ir a “acampar” a ese lugar, desde mi pueblo, con el propósito de agradecerle un favor concedido de parte de la virgen de Fátima! Pues, resulta que debido a esa amistad entre estos dos amables ancianos, cualquier persona originaria de mi pueblo que fuera a Teotepeque, tenía abiertas las puertas de la casa de don Alcides, en pago, don Angel cubrió gran parte de los gastos de la reconstrucción de la iglesita de ese lugar.
Bueno Chepito, fijate que salimos ese día viernes como a las 4 y media de la mañana, bien me acuerdo como El Tigre llegó a tirar piedritas a la ventana de mi cuarto, desde la calle y sobre el tapial en la parte de atrás de nuestra casa; yo estaba bien “sorniado” que no oía el ruido de las piedras, hasta que mi hermano se despertó y con un poco de miedo, se acercó a mi cama para decirme que parecía que en el patio andaban unos ladrones pues, se oían ruidos. Me levanté como impulsado por una catapulta y me vestí lo más rápido que pude, le dije a mi hermano que iría a visitar a la tía Amelia en Quezaltepeque y que, no les dijera nada a mis abuelitos, hasta que ellos le preguntaran por mí.
Agarré mi mochila (en la que había metido mi calzoneta, una toalla, unos casettes de los Creedence Clearwater Revival, de Santana, y de Three Dog Nights, y unos panes con huevo y otros con frijoles que la Toña me había preparado a escondidas de mis abuelitos, unos calconcillos y otras babosadas), me salté el tapial y emprendimos el camino hacia la concordia, al atravezarnos el parque del pueblo, notamos que ya había una pequeña agrupación hecha alrededor del palito de bálsamo (enfrente de la alcaldía), lugar adonde la niña Carmen tenía su puestecito de shuco, le sugerí al Tigre que compraramos un guacalito cada uno para calentarnos el estomago y aquel, ni lento ni perezoso, aceptó. Nos echamos el guacalito con frijolitos, chile y algüiste y nos fuimos comiendo el pan francés por toda la calle de la cancha de basketball, hasta llegar a la linea del tren. El ambiente estaba todavía calmado, el clima un poco helado y la sensación era de suspenso. Desde este lugar, se apreciaba la calle amplia hasta el parque (por un lado) y hasta la mole negra e imponente de la montaña y montes en el otro, las luces de los postes del pueblo empezaban a opacarse ante la obscuridad del panorama que teníamos y a medida que nos encaminabamos hacia la montaña, la niebla que cubría los suelos, se abría a nuestro paso, brindándonos una mejor vista de nuestro recorrido. Al llegar al punto de la Hacienda Vieja, teníamos que decidir cual camino tomar: el de la Pasada del Viento (que era más corto pero peligroso) o el del Caracol, decidimos irnos por el de La Pasada del Viento, o sea que agarramos hacia la derecha!
Al salir el sol, nos encontrabamos ya a unos 7 kilómetros del pueblo (cuesta arriba), aún no podíamos apreciar libremente nuestro recorrido pero, el relajo de los pajaros madrugadores con toda la gala de sonidos y con el ruido de su alegre aletéo al emprender su despegada desde los árboles cercanos a nuestro andar, hacían muy placentero el momento.
Al vencer la primera elevación, a eso de las 9 de la mañana (según mi “Omega” de 20 colones!), decidimos tomarnos un pequeño descanso, El Tigre sugirió que oyeramos un poco de música pero, yo le respondí que no hacía falta pues, la dulce melodía que las hermosas creaturas de Dios nos brindaban, era mucho mejor!, tenés razón papá (me dijo aquel) y así, dejamos que nuestros sentidos se embelecieran de los suaves trinares de los carpinteros, chiltotas, dichosofuí, talapos y hasta de unas lechuzas trasnochadas que se observaban en las ramas de los pinos y cipreces. Continuamos con nuestro recorrido y al llegar a la cima de la montañota que domina todo el panorama de mi pueblo y sus alrededores, nos detuvimos a comer nuestro almuerzo (el shuco había sido nuestro desayuno), saqué de mi mochila los panes que me había hecho la Toña y me aprestaba a tomar de una botella de “Mechazo” llena de café helado, cuando El Tigre me dice que oía un ruido como de una corriente de agua, en realidad, al quedarse “quedito” y poner atención, se podía escuchar como una caída de agua. Dispusimos ir a investigar y para sorpresa y agrado nuestro, descubrimos un pequeño manantial de agua cristalina y pura el que, al emprender su recorrido, se encontraba con una represa natural que le formaban unas piedras y que le obligaban a crear una pozita, con todo y catarata. La poza no era muy grande o profunda, ni la cascada era alta, sinembargo, si era el paraje más bello que habíamos visto, así nos despojamos de nuestras sudadas y sucias ropas y nos zambullimos en aquel exquisito lugar, robándole la placidez y tranquilidad que quien sabe por cuanto tiempo, había disfrutado!
Despues de la bañada, regresamos al camino y sabiendo que a partir de ese momento perderíamos de vista a nuestro pueblo, volteámos a verlo y casi pretendiendo hacerlo imperecedero en nuestra memoria y mente, no pudimos evitar pensar sobre el gran burullo y escándalo que sobre la Menchita, se había despertado, a raíz de la “movida” que ella, junto al comandante, habían hecho con las donaciones durante el huracán Fifi! (de esto, te contaré más adelante, oyiste Chepito?).
Finalmente, después de casi 8 horas de camino (eran aproximadamente la 1 de la tarde), nos encontramos con unos señores que estaban cultivando marañones japoneses en la meseta que se forma entre la pequeña cordillera costera y la majestuosa que domina mi pueblo, nos detuvimos a preguntarles cuanto (más o menos) nos faltaba para llegar a Teotepeque, ellos muy amigables y sinceros (como toda nuestra bella gente campesina!), prestos nos respondieron que solo teniamos que llegar a una linea de palitos de morro, subir las lomas, bajar hasta los cercos de chichicaste de la finca de los Ruíz, cruzar el riíto, atravesarnos el platanal, pasar por los corrales de chivas, subir el cerro de la cruz, vadiar el sembradío de henequén de los Samayoa y que desde ahí, ya se podía ver el pueblo!!!
Salimos varajustados y sin detenernos más, al estar a una cuadra de ellos, yo alcancé a oir sus carcajadas pero, no le hice caso y seguimos caminando. Eran quizás las 3 y media, cuando llegamos a una pequeña loma rocosa, desde la cual se divisaba el blanco campanario de la iglesita de Teotepeque.
Finalmente, llegamos al pueblecito polvoso y triste de Teotepeque, en la primera calle del pueblo estaban unos cipotíos jugando trompo de a 25 “canechadas”, mientras los adultos, estaban adentro de un predio jugando “taba” enmedio de unos bueyes amarrados, vimos una tiendecita que con un letrero mal escrito decía “Tienda y Carnecería Lolita”, entramos a buscar unas gaseosas heladas y, nos recibió un señor gordito y sin camisa, fumándose un cigarro (de seguro era un “Nacionales”) quien al reírse con nosotros, nos delató la falta de un diente delantero, que deséan? (nos preguntó), una gaseosa bien helada! (respondimos), solo tengo uvas y coca cola y no están muy héladas por que las acabo de meter a la hielera, denos unas cocas (respondimos) y las agarramos nosotros mismos del congelador de piso, todo corroído, viejo y sucio, que no trabajaba (por que la casa no tenía electricidad, pero tenía unos pedazos de hielo, para helar las gaseosas) que estaba a la par de la caja del pan, llena de moscas y polvo que las carretas y caballos le hacían llegar al pasar. Nos “zampamos” las cocas bien rapidito y nos fuimos para la casa de don Alcides.
Bueno Chepianthony, hasta aquí voy a llegar ahora oyiste?, te seguiré contando más bolados en unos días!
Salú,
El Monsiour.