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Mi Navidad Mas Corta

Apenas se estaba acabando Octubre y... ya se sentía en el ambiente esa extraña, dulce y ansiada sensación de esperanza, paz y buenos sentimientos que la Navidad abre en los corazones de la gente. La escuela casi no me importaba y a no ser por que había que repasar para el acto de clausura, de muy buena gana, me hubiera alejado totalmente del aula; de tal manera las cosas, no había mas alternativa que, hacer como que estudiaba normalmente, cuando en realidad mi mente estaba ya muchos días adelante, en la próxima Navidad, (¡para ser mas exactos!). Los días pasaban mas lento de lo normal y los acontecimientos escolares, me parecían inimportantes e inútiles, casi me empujaban a querer tirar todo y dejar que esa algarabía navideña, se apoderara totalmente de mi ser y que fuera ella, quién dictara el curso de mis actividades y responsabilidades pero -repito-, el acto de clausura (con todo lo que implicaba), me hacía que desistiera en mi idea de “liberar” mi espíritu. Y es que, en ese “famoso” acto de clausura, debería salir bailando con Beatriz “leche de burra”, además, según lo que se rumoraba, me entregarían un premio por ser el estudiante que mas había progresado (es que, le caía bien a la profesora) y pues, por todo esto, la espera –después de todo-, no debería ser tan mala (pensaba, consciente de no tener alternativa) y así, de clase en clase y de repaso en repaso, pasó el tiempo hasta que llegamos al día de la clausura. Este acto estaba programado para las 11 de la mañana; por ser el único centro de estudios secundarios en el pueblo, la ocasión era considerada muy especial por los habitantes, asiesque normalmente, mucha gente atendía, entre padres de familia, autoridades “mañocipales”, personajes públicos, exalumnos y por supuesto estudiantes y profesores. Como a eso de las 10, yo ya estaba listo (hasta me había bañado), en la casa de la profesora, mostrando mi ropita limpia y bien planchada, acarreando una bolsa “Lintorrey” que contenía el traje y los zapatos de charol que habría de usar durante el baile, unos minutos después llegó Beatriz quién, mas nerviosa que nunca, me pedía que repasáramos por última vez. La profesora nos dijo que ya no había tiempo para eso y que mejor agarráramos el disco de 45 “RPM” que contenía la canción que bailaríamos y que nos encamináramos al tercer ciclo pues, el acto empezaría puntualmente debido a que, mucha gente se había hecho ya presente y el local adonde se llevaría a cabo el acto, estaba casi repleto. Llegamos al tercer ciclo y después de algunas situaciones salvadas, el acto comenzó y los largos e impacientadores minutos de espera, se transformaron -ya en el escenario- en unos efímeros segundos llenos de “gloria” que, nos hacían lucir como “artistas” que despertábamos atención en algunos, admiración en otros y en mi caso, hasta envidia en varios pues, Beatriz –con su traje de blusa apretadita y falda cortísima- hacía que las miradas (principalmente de los varones) se dirijieran obligadamente al escenario; entre estas miradas, estaba la de Estelita, aquella vecina mía y amiguita desde mi infancia quién, en mas de una ocasión, me había insinuado algunas cosas que mi instinto, no había alcanzado a discernir todavía pero que, hacían que mis piernas tambalearan, que mi estómago se llenara de maripositas voladoras, que mi frente y labio superior se poblaran de gotas sudorosas, que mi corazoncito se acelerara intempestivamente, que mi espina dorsal trastrabillara electricamente y que, mi masculinidad se asomara timidamente. Al terminar nuestro número artístico, arriba del escenario continuaron con la premiación y entrega de los certificados que denotaban el paso al grado superior, yo tuve que subir dos veces mas y ya abajo, cerca de un jardincito lleno de flores brillantes y olorosas, justo cuando me tomaba una gaseosa de uva tropical, escuché unos pasos apresurados y cortos, quise voltearme para ver quién se me acercaba pero, al intentarlo, unas tiernas y perfumadas manos, con frágil y delicado toque, taparon mis ojos, al momento de ordenarme con una suave y melodiosa voz, que adivinara quién era. No pude adivinar, por lo que, esta persona desistió de su intención y se me colocó de frente a mis ojos, era Estelita quién con un bello vestido negro con flores verdes limón y azul claro, se veía bien alegre y primaveral. - ¡Bailaste muy bonito, Monsiour!, -me dijo Estelita-, ¿a ver cuando me enseñás a bailar a mí?, continuó, - Pues, ¡cuando usted quiera, Estelita! –le respondí-, - ¿De verdad?, es que, me gusta mucho como bailás y ahora allí en el escenario, hubiera querido estar en lugar de la Beatriz, - Lo que pasa es que, con ella hemos bailado varias veces en otras escuelas (dije sin saber que otra cosa decir), - ¡Ah!, pues, si voy a algún baile de las fiestas patronales, talvés bailamos ahí, ¿oyiste? - Si, claro, a mi me gustaría mucho. En ese momento, unas amigas se le acercaron, la agarraron del brazo y se la llevaron del lugar, pero cuando se alejaban, noté que voltearon a verme, con esa característica mirada de complicidad (¿o será picardía?) que las niñas tienen. Debido a ser muy pequeños de edad, a ninguno de los dos nos permitieron en nuestras casas, que asistieramos a algún baile, es mas, a ella, ni siquiera a las ruedas la dejó ir su mamá, así fue que a mí, hasta se me olvidó lo que habíamos acordado pero, en eso, se llegó diciembre y sus posadas. Como la mamá de Estelita era muy católica y creyente de las costumbres asociadas con esta religión, dejaba (casi obligaba) que Estelita y sus dos hermanas fueran a estas actividades, incluso, una de esas noches, los santitos representativos de San José, La Virgen y El Niño Dios, visitaban la casa de ellas, en otro de sus famosos intentos de encontrar posada. De tal manera que, una noche que con Calín “pataloca” nos encaminábamos a la casa de la niña Chentía Portillo (pues ella era la que organizaba las posadas, en mi pueblo), al doblarla esquina de la casa de don Juan Hernández, nos encontramos con unas cipotas, entre las que iban la Lorena, la Norma, la Lucía, la Estelita y sus hermanas quienes también iban para la casa de la niña Chentía. La Estelita se me acercó a saludarme, al momento de que los demás se adelantaron para dejarnos solos. Saltando entre charcos y zigzageando por piedras y lajas de las aceras, nos encaminamos hacia nuestro destino, sintiendo como nuestras manos –de manera provocada- rozaban levemente, como indicativo de algo que buscaba desarrollarse y hacerse mas grande; desde antes de llegar al lugar, los sonidos de los pitos y los ruidos de los cohetillos mas los cánticos de los niños y las señoras que acompañarían la pequeña procesión, nos anunciaban la alegría que en sus corazones se albergaba. Unos cipotes mas grandecitos, en medio de las mujeres católicas, se ponían sus máscaras confeccionadas de pulpa de papel de diario y pintadas con colores vistozos mostrando caracteres “horribles” y “espeluznantes” y vestimentas de “viejos” que mas tarde ocuparían para asustar a los otros (siempre me pregunté ¿por qué eran a las muchachas las que siempre eran asustadas?). Cuando todo estaba listo, la niña Chentía dió la señal de partida y aquello empezó con mucha alegría en su recorrido para la casa adonde habían pernoctado los santitos la noche anterior y desde allí, salir en busca de la “posada” para la presente noche. Al llegar a la casa adonde había que solicitar posada, se cantaban los estribillos de los cuales aún recuerdo la parte que dice: ¡No se puede dar posada a gente de otra nación...! (y que recuerdo precisamente por eso que no entendía, ¿No se puede dar albergue a alguien por ser extranjero?, algo que mas o menos parecido y muchos años después, miles de “salvaguanatruchas” viviríamos en carne propia, al ser forzados a salir de la “tierra linda” por la guerra que nos impusieron los ricos, el gobierno y los militares). Pues bien, en esa noche, “camuflajeados” en medio de las ramas de un arbol de flor de fuego y en complicidad de la poca luz del lugar, Estelita agarró desafiantemente mi mano y acercó su humanidad a la mía, buscando –creo- un gesto o caricia de mi parte, como compromiso o promesa del comienzo de una relación que entre los dos debería establecerse y así lo entendí, por eso, busqué sus labios puros y novatos en estos menesteres cuando, nos interrumpieron sus hermanas al grito de: ¡allá viene mi mamá, Estelita!, provocando esto que, como accionados por resortes, separáramos nuestros cuerpos y que nos acercáramos al grupo de cipotes que cantaban y pitaban con los pititos característicos en forma de pajaros, tortolitas y pericos. ¡Otro día! (me dijo Estelita) y yo, consentí con ese deseo. La navidad se llegó y como ya habíamos acordado vernos (y hasta buscar la oportunidad de darnos ese ansiado primer beso), bien tipería con mi mudada nueva, me acerqué a la casa de Estelita, adonde había mucho movimiento debido a los familiares de ella que desde la capital habían llegado. Quizás eran como las 10 de la noche. Ella salió y me dio una bolsa de esas de papel café, en las que vendían las libras de azúcar, llena de morteros, ¡para que los revestés vos Monsiour! Yo, que me sentía un poco grandecito para andar con esto de los cohetes, agarré la bolsa y me alejé, para permitirle a ella que fuera a ayudar a cambiarse de ropa a sus hermanas. Regresé y me senté en un trozo de ripio en forma de base de columna que alguien había puesto, al lado de la puerta de la casa de Estelita, cuando ella salió (ya con el permiso de su mamá, para reventar los cohetes), me entregó un tizón que del polletón adonde estaban cocinando los tamales, ella había agarrado; le cedí mi “silla” y empecé a reventar los morteros (tal como ella me lo pidió), debido la algarabía de ella y a causa de lo “sorprendida” que parecía mostrarse por mi valentía y destreza, quise apantallarle y opté por reventar los morteros agarrándolos con mi mano derecha, mientras con la izquierda sostenía el tizón y una vez prendidos los morteros, los tiraba lejos de adonde estábamos, en cambio de prenderles fuego en el suelo (como hasta ese momento había hecho); en una de estas, ella me pide que le permita reventar uno, ante lo que accedo (por tal de agarrarle su mano y talvés lograr ese ansiado beso) le entrego el tizón y un mortero, ella lo agarra y le prende fuego a la mecha, se pone nerviosa y en un impulso repentino, en lugar de lanzar el mortero hacia delante, lejos de nosotros, lo suelta, con tal mala suerte y buena puntería, hacia atrás, exactamente... ¡en mi cuello, justo en la parte de atrás de mi oreja izquierda! Con el llanto de dolor mío y gritos de susto de ella, salieron rapidamente varias personas, incluyendo a su mamá quién, puso mertiolate y hasta tomate para curar mi herida pero, esta era tan grande que la hemorragia no se paraba, además del dolor por la quemada y el zumbido penetrante en mi oído que no me dejaba ni estar de pie, con esto, no tuvieron mas alternativa que llevarme a mi casa, adonde el susto, alboroto y conmosión fueron muy grandes que, hasta mandaron a llamar a la niña Tita para que me pusiera una inyección para el dolor. Me acostaron y mientras llegaba la niña Tita, sentada en una orilla de la cama, la Estelita agarraba mi mano sin decir palabra pero, con su mirada llorosa y triste pidiéndome que le perdonara por lo que me había hecho. Allá afuera, la celebración se acercaba a su climax, de seguro miles de cipotes reventaban sus cohetes y quemaban sus luces, otros bailaban al compás de las cumbias de la Lito Barrientos o Paquino Palaviccine o Hermanos Lechuga o Sonolux, etc., etc. mientras otros se metían a los dominios del dios Baco y engrosaban sus barrigas con los suculentos alimentos que para estas ocasiones cocinan nuestras mujercitas, unos –de seguro- se profesaban amor, mientras la gran mayoría, se unían en actos de paz y felicidad que es estas épocas afloran, mientras yo, sumido en el dolor, suplicaba al niño Dios que me quitara ese sufrimiento lo mas rápido posible; la niña Tita llegó, me inyectó y minutos después, mi cuerpo todo fue embriagado por un soporoso sueño que me transportó a otro mundo, del que, ni los cohetes al reventar, ni los gritos de júbilo, ni los brindis de felicidad, ni la música de ocasión, ni nada, pudieron traerme hacia este que mis seres queridos vivían en ese momento de navidad. El siguiente día me despertó con su calidez solar y al abrir mis ojos, estos pudieron avistar a una linda figura quien con una expléndida sonrisa, me brindaba una ¡Feliz Navidad!, al momento de acercar sus tiernos labios y darme ese tan ansiado ¡primer beso! Era Estelita quién aún apenada por el accidente de la noche anterior, me pedía que le perdonara y me agradecía que no hubiera dicho que había sido ella quién me hirió y quemó. Al mismo tiempo, me acercó un regalo que para mí había arreglado, al abrirlo, descubrí un collar del que pendía una medalla de piedra color rosado con la palabra... ¡amor!, collar que ahí mismo me puse y que prometí usar siempre. Lástima que al enojarnos y separarnos (por motivos absurdos), me deshice de él, sin saber ahora (ni recordarme que fue lo que hice con él). El tiempo pasó, salí de la “tierra linda” y muchos años después, la ví nuevamente, ¡estaba hermosa!, fue en un intercambio futbolístico que entre la gente de mi pueblo que residimos en Los Angeles y San Francisco, se lleva a cabo cada año. Me le acerqué cuando estaba sola, antes de que su esposo regresara; hablamos de algunas cosas y bailamos una canción, le pregunté si era feliz, me respondió que tenía unas hijas muy bellas, que su esposo era un buen hombre. Me dijo que sabía que me había casado y con quien, además, se que tenés unos hijos muy buenos de los que te sentís muy orgulloso, lo sé (me dijo) por que allá en San Francisco viven algunos que te han visto y conocen a tu familia y dicen eso de vos, ¡te felicito, Monsiour! Yo sentía casi como que ella me reclamaba y al acercarse su esposo, sentí un poco de alivio para salir del embarasoso momento. Al despedirme de ella, me preguntó si me acordaba de la navidad que me reventó el mortero, le respondí que si, ¡claro que si! y con eso, me despedí de ella, notando al alejarme, esa simpatía que emana suavemente de su tierna sonrisa y sentí un éxtasis maravilloso que recorrió mi cuerpo cuando me dijo: ¡yo aún recuerdo nuestro primer beso! Ese primer beso que mi humanidad recibió y dió una noche bella de celebración, de fiestas, de alegrías, de dolor (para mí), allá en la “tierra linda”, en una noche de Navidad, ¡mi Navidad mas corta!

¡Felices Fiestas Navideñas, hermanitos chulos -todos- adonde sea que se encuentren, que Dios les colme de paz, felicidad y bonanza, ahora y siempre!

Salú,

El Monsiour.


Día de Dar Gracias
Chepe Antonio:

Te cuento que, a parte de las fiestas patronales de mi pueblo, este mes de noviembre, me trae a la memoria, aquellas ocasiones (cuando cipotío) en las que, en los días previos a las festividades, junto con los cheros, nos ivamos de vagos a algún lugar cercano. Regularmente, ivamos a la “piscina”, a cualesquiera de los ríos, a los cerros y lomas, a la finca de un amigo o simplemente a los montes aledaños; las aventuras eran magnificadas de acuerdo a nuestra increíble imaginación, junto al profundo sentido de creatividad característico de los niños, además, estas experiencias, se veían revestidas de una belleza extrema, al conjugarse los elementos que la naturaleza ha brindado a la hermosísima campiña “salvaguanatrucha” que hacían que cada una de estas veces, fuera una ocasión especial. Fueron muchas veces que, visitamos esos bellos parajes, fueron varias ocasiones que gozamos de lo exquisito y exhuberante de la floresta reinante en esos últimos dias del invierno de la Tierra Linda pero, hay una en particular que, se ha alojado en mí, como recordatorio -quizás- de algo que entonces me pareció hasta insignificante pero que ahora -muchos abriles después-, representa una experiencia que enmarcó el concepto que sobre mi persona se formaría un amigo (quién era entonces, tan solo un niño de 12 años).

Resulta que, como pretexto de mantener ocupados a los bichos durante las vacaciones, es decir, intentando alejar de los vicios y el ocio a los cipotes quienes al terminar el año escolar, por no contar con centros de diversión y entretenimiento, optarían por la vagancia y la truhanería, se me ocurrió combinar mis actividades de jovenzuelo (tenía ya unos 17 años), con otras que proveyeran de entretención a los cipotes de mi barrio. Como siempre fuí una gran bailarín (por lo menos, siempre me gustó bailar), me ocupé en enseñar mis “pasos” de cumbia, disco, bump, etc., etc. a aquellos que quisieron aprender de mí, otra veces me dedicaba a practicar y enseñarles lo poco que sabía de futbol y en ocasiones, me los llevaba a caminar por los montes. Fué una de estas veces que, decidimos ir al Valle de Zapotitán, a bañarnos en una de las grandes pozas que formaban los regadíos de ese lugar; iríamos a pie, saliendo de mi casa, pasando por cantones y atravezando rios y subiendo cerros y lomas. Desde unos días atrás me apersoné a las casas de los cipotes, para pedirle permiso a sus papás, como todos ellos me conocían, no hubo ningún problema, solamente don Ricardo (el papá de William), me comentó que su hijo no sabía nadar y que debido a ello, yo no debería dejar que se metiera a pozas profundas, acepté cumplir y concedió el permiso. Les dije que saldríamos a las 10 pero, a las 7 de la mañana, ya estaban unos silbándome desde la calle y otros tocando a la puerta, no tuve más alternativa que dejar mi “calientita” cama y prepararme para la caminada. Salimos aproximadamente a las 8 y media, como había llovido la noche anterior, las veredas y caminitos estaban húmedos y resbaladizos, se podía sentir la frezcura del ambiente oxigenado y se percibía el característico olor de la tierra mojada. Al bajar de un cerro y pasar por un estrecho pasaje enmedio de bejucos y follaje de árboles grandes, las delicadas y heladas gotas de rocío matutinal se resbalaban graciosamente por ramas y hojas en armoniosa caída hasta tocar nuestros cuerpos, los que se estimulaban al sentir el contraste de las temperaturas. Al salir de este bosque y al apartar con nuestras manos las últimas ramas y arbustos, se abrió ante nuestros ojos una plácida explanada la que, se revestía de una capa gris nebulosa, continuamos caminando a través de ella, la niebla nos llegaba hasta las rodillas y dificilmente podíamos ver el camino pero- eso sí- sentíamos como que ivamos caminando entre las nubes y Nelsito (el cipotío más pequeño del grupo), se veía como que si fuera un angelito a punto de hacer una gracia. Al salir de la planicie y atravesarnos un río, Marito se resbaló y en su viaje, se llevó con él a otros 2, todos nos reíamos del suceso mientras bromeabamos en nuestro recorrido. El día había tardado en agarrar calor pero, finalmente, como a eso de las 10 de la mañana, unas ráfagas esplendorosas que se mezclaban entre el follaje de unos palos de mango, nos anunciaban que nuestro gran amigo el sol, había decidido acompañarnos en nuestra odisea.

Llegamos finalmente a una poza bastante grande y profunda, debido a la caminada y el sudor, llegamos con el cuerpo caliente y casi todos decidieron no esperar más y sin decir mucho, se dieron su primera zambullida. Un poco después, nos comimos nuestro almuerzo compuesto de frijoles, crema, huevo, queso y mortadela en panes francés. Nos dispusimos a pezcar pero, a causa de nuestra poca suerte (no agarramos nada), optamos por seguir bañándonos. William era el único que se mantenía a la orilla de la poza, mojándose unicamente las piernas hasta la cintura, lo voltée a ver y al notar que se avergonzaba ante sus amigos, le pregunté que si quería ir conmigo a comprar una sandía pues, como a unos 75 metros estaba un sandíal, me respondió que no y me fuí yo solo.

Con una tremenda sandía en el hombro regresaba, cuando escuché gritos provenientes de la poza, corrí lo más rápido que pude y al bajar por camino observé que William estaba sofocadamente manoteando el agua enmedio de lo más profundo del regadío, aventé la sandía sobre unos matorrales y con el mismo impulso de mi carrera, me tiré al agua en dirección de él, logré llegarle por la parte de atrás y con un supremo esfuerzo, lo lancé hacia una de las orillas, no pude sacarlo totalmente pero, con un segundo aire me sumergí y volví a llegarle por atrás y le empujé lo suficientemente como para que pudiera poner pies firmes en la tierra. Con la ayuda de los demás pudo salir a lo seco, en donde cayó pesadamente. Había tragado agua pero estaba conciente, después de vomitar y recobrar el color de su piel, avergonzadamente trataba de explicarme que se había avalentonado de ver a los demás y que por eso, se le ocurrió meterse; con su semblante lleno de pena, me pedía que le perdonara. Le respondí que debería ser yo quién le pidiera disculpas pues, era mi obligación y responsabilidad cuidar de ellos y había fallado pues, debido a mi falta de atención era que había sucedido el incidente. Varios se pusieron a llorar, al confesar que, con sus palabras y mofas, habían hecho sentir mal a William y que ellos lo habían convencido que no fuera “virgo” y que se metiera a la poza así como ellos. Ante este suceso, opté para llamarlos a todos y nos sentamos en rueda, bajo la sombra de un frondoso palo de conacaste, entonces les hablé del propósito de nuestras actividades que, no solo pretendían mantenerles ocupados, si no que también deberían servir como medio de unificación y originadores del sentido de confraternidad que nosotros los “salvaguanatruchas” carecemos pero que, deberíamos a fuerza adoptar, si queríamos hacer de nuestra sociedad una mejor y más digna; no sé si fué por mis palabras o por el incidente que acababa de ocurrir pero, la verdad es que, uno a uno fueron -muy solemnemente- expresando su punto de vista y Carlitos “chilate” expuso que a partir de ese momento, todos ellos deberían tratarse mejor y aceptarse tal como eran, Chetío “Yuquita”, con su carita seria y con sus ojitos negros brotando lánguidas y emotivas lagrimas pidió que hicieran un pacto de hermandad al que deberían de subscribirse de manera total y mantenerlo vivo y de manera secreta entre los que allí estaban, casi instantaneamente, todos nos unimos a su deseo y con los brazos extendidos hacia los que estaban a nuestros lados y con la vista hacia el cielo, buscando la complacencia del Todopoderoso, cerramos el círculo en un abrazo fraternal del que, aún ahora, siento las bellas vibraciones que emanaban. Finalmente, todos acordamos no hablar más del asunto, mantener el incidente en total secreto y nos comprometimos en enseñarle a nadar a William. Nos regresamos al pueblo y con alguna frecuencia seguimos haciendo algunas cosas pero, con el paso de los atardeceres y con la venida de la sangrienta lucha fraternal que el gobierno y los ricos nos impusieron por más de doce años, ya no nos quedó más alternativa que salir huyendo de la represión, hacia lugares lejanos y extraños.

Esto, no lo traería a cuento ahora, si no fuera por lo que, hace unos años (exactamente en esta fecha de Acción de Gracias) sucedió. Resulta que, unos amigos nos habían invitado a la cena del pavo en su casa, asistimos y para mi sorpresa, al estar ya un poco entregado en los menesteres del dios Baco (el rey del guarito), se me acercó uno de los invitados quién lucía una espesa barba, para saludarme e invitarme a ir a un lugar un poco alejado de la música y la bulla, para charlar un poquito. Al salir de la sala y sentarnos en una banca de la mediagua, procedió a identificarse y contarme que, él sentía un gran respeto y agradecimiento por mí, resulta me dijo, que usted Monsiour me salvó la vida -cuando me estaba ahogando- y junto a otros más (continuó), nos enseñó a ser fraternales. ¡Púchica...era William!, aquel cipotío de 12 años que ahora, con una altura mayor que la mía y con una apariencia distinguida, no era ni la sombra de aquel tímido bichito q ue se estaba ahogando en una poza de Zapotitán. Fíjese (me decía él) que pensé que nunca tendría la oportunidad de verle otra vez, es que, yo vivo en Suecia y junto a mi esposa vamos para El Salvador pero, hemos pasado a ver a unos tíos que están en Los Angeles, con suerte que a ellos los habían invitado a esta cena. Además, con eso de la guerra, sé de muchos de mis amigos de infancia que ahora están muertos y otros que nisiquiera sé adonde están, gracias a Dios que usted está bien -me dijo-, causando con sus palabras que mis ojos se convirtieran en manantiales que embriagaban mi espíritu y que mi mente se transportara hasta aquellos parajes bellos de nuestros hermosos atardeceres tan característicos de nuestra Tierra Linda.

Huelgo contarles hermanitos que, a partir de esa plática, las cenas del pavo, se han convertido para mí, en una ocasión especial para darle gracias al Gran Hacedor pues, aunque muchas veces tomamos la vida a la lígera, la verdad es que esta, está solamente en sus manos..., a mí, William, aquel cipotío tímido, me lo hizo entender, hace unos años...¡gracias hermanito! Y a ustedes cipotíos chulos, adonde sea que se encuentren, les envío ahora un cálido saludo y mi fuerte deseo de paz y prósperidad, que Dios les bendiga. Salú,

El Monsiour.

Día de los Muertos

¡Hermanitos!

¡Miren pues! igual que la “babosadita” sobre los vientos de Octubre que les conté hace poco, encontré tambien esta que, se las relaté el dia 31 de Octubre de 1997; como no es prohibido, y como se trata de dar a conocer nuestras costumbres y tradiciones, deseo contárselas de nuevo, es que, cuando uno no tiene imaginación ni creatividad, cualquier chiripazo que le salga, quisiera tenerlo vigente por siempre.

Día de los Muertos.

Mientras aquí, en los Estamos Sumidos se celebra cada 31 de Octubre el día de las brujas (halloween!), en la Tierra Linda, se conmemora el 1 de Noviembre el Día de los Santos y el 2, el Día de Nuestros Difuntos. A mí -sinceramente- no me gusta recordar esta fecha, y no es por las historias realmente espeluznantes que nos contaban, tanto don Tanis, don Miguel de la Banda, Rodrigo y su esposa Angela, como la niña Chus (de la casita) y hasta la niña Tona (todos ellos ya fallecidos y Que En Paz Descansen); sobre la Carreta Chillona, la Deshuezada, la Llorona, la Pata Peluda, el Cadejo Malo (¡el negro!), el Hombre Mico, etc., etc. y que nos hacían erizar el pelo y temblar de miedo, causando que esas noche fueran terriblemente interminables y tenebrosas, haciéndonos soñar con seres malos y endemoniados...y tener horribles pesadillas, al grado que algunos hasta se orinaran en la cama, ¡NO!, no es por eso que no me gusta recordar esta fecha..., es por lo que sucedió aquel Día de Finados -exactamente enfrente de mi casa-, eran como las 11 de la mañana, fijense hermanitos que yo estaba jugando “pacunes a la chuma”, justamente con Moncho (creo que tambien ahí estaba El Serranito), pues, por ahí por el andén habíamos hecho una “tripa chuca”, cabalito en la mera esquina, enfrente de la casa de la niña Fide, bueno les cuento que ahí estabamos jugando y hablando babosadas, viendo pasar a las docenas y docenas de gente con sus coronitas para sus muertos, algunas llevando coronas de papel, otras de ciprés, varias llevando flores artificiales, unas pocas llevando flores naturales, algunas personas acarreando candelas y veladoras en sus manos. Veíamos tambien a los que aprovechaban la ocasión -para echarse algunos centavitos a la bolsa- llevando (para vender), panes con chumpe, pupusas, tostadas, yuca con chicharrón, tamales, gaseosas, cervezas, dulces, melcochas, leches d’burra, las últimas frutas del invierno como: agrillas, mimbres, caimitos, mangos, naranjas, jocotes “pitarrillas”, papayas, papaturros, y otras; además , se podía ver los carretones que acarreaban minutas, sorbetes (¡de los que acollochan el pelo!), paletas y tambien, podíase ver y oír a aquellos personajes que en camino hacia el panteón, adonde prestaban servicios al momento y en el lugar, gritando: “¡le pintamos la cruz!”, “¡le ponemos el nombre!”, “¡le tumbamos la tumba!”....., es que, como nosotros vivíamos sobre la calle que conduce al cementerio de mi pueblo, ..... bueno pues, les contaba que ahí estabamos jugando, cuando de repente, oyimos unos gritos y unas malas palabras, voltiamos a ver y eran como unos 7 hombres campesinos (todos con sombrero, matata y machete) y algunas mujeres; se gritaban cosas como:

“¡¡¡Así te quería ver hijuelagran.....!!!,

“¡¡¡No Concho, no es él...!!!”,

“¡¡¡A mí no me vas a ahuevar hijue...!!!”,

“¡¡¡Volá corbo, pend...!!!”,

“¡¡¡por último que ahí te vá...!!!..... y .....se escuchó un ruido, que no puedo describir (sonó así como cuando se quiebra un cántaro lleno de tierra), inmediatamente después,... unos cohetillos (¡¡¡eran balazos!!!) y uta mano...se armó una trifulca cabrona, se veían corbos, cumas, garrotes y pistolas y aquello, fué un desmangué total, la gente salía corriendo de un lado para otro, cayéndose, tropezándose y huyendo para ponerse a salvo. ¡Uta cipotes!, yo ví a uno que le pegó un corbazo a otro en la mera frente y, cuando aquel se quizo safar, le pegó el otro en un lado (por la sien izquierda), otro le dió 2 tiros a uno del bando enemigo (¡cabal en el pecho!) y por último, ví como a uno de ellos se le cayó un brazo (cortado de un solo y certero corbazo!), ante esto, salí corriendo despavorido para abajo (buscando para adonde vivía el chele Larín), por ahí me quise esconder y, cuando volteé a ver, ¡uta! ahí venía corriendo un hombre con la cara partida en dos (todo lleno de sangre y -se los aseguro- ¡los sesos se le venían saliendo!), decidí seguir corriendo y en la esquina de las Guerra, crucé buscando hacia el molino y cuando volteé a ver, otra vez.....ahí venía el mismo hombre corriendo...sosteniéndose los sesos con una mano y con la otra...¡¡¡blandeando la pistola!!!, uta mamá, corrí con más miedo y al llegar a la esquina adonde don Pedro Cuellar, crucé buscando hacía adonde la niña Chentía Portillo y...¡ay mamita!, ¡ahí venía otra vez el mismo cabrón siguiéndome! (en ese momento, me dije a mi mismo: Este quiere matarme, por haber sido testigo del asesinato que cometió) y salí...varajustado, corriendo lo más rápido que mis piernas me permitían, así, al llegar a la siguiente esquina, crucé buscando hacia el rastro y al voltear a ver, ví como aquel seguía recto hacia el monte... y con un respiro profundo, me senté a descansar (y a que me pasara la tembladera). Finalmente pude llegar de regreso a mi casa, solo para ver a 2 cadáveres; uno, enfrente de la casa de mi tía, el otro enfrente de la casa de don Fabio y...lo peor es que estaban...¡¡¡mutilados!!!!!, ¡aquello era horrible!, ¡espantoso!, lo peor que había visto en mi vida, minutos despues, la policía traía arrestado al hombre que me había “perseguido”, solo para verlo fallecer, en el carropatrulla; ¡Uta mano!, 3 muertos en el Día de Finados; ¡No!, eso, jamás se me va a olvidar, aquello fué -repito- horrible, nunca lo olvidaré, a pesar de que cuando esto pasó, yo solo tenía 8 años y por eso digo y diré: “¡NO ME GUSTA ESTA FECHA!” y repito, las historias que me contaban y las que cuentan aquí (junto a las que se ven en la TV o en el cine), ¡no son nada!, si la comparamos a una real y verdadera, como la que aquí he relatado; de todas maneras, para aquellos que así lo deseén: “Happy Halloween!!!” or “Trick or Treat”. Por último, quiero pedirles hermanitos queridos que, nunca olviden nuestra tierra linda y sus bellas costumbres, por favor, les pido que ¡¡¡hagan el esfuerzo necesario para mantener vivas nuestras tradiciones y vigente nuestro país!!!

Salú,

El Monsiour.


Música de los Años 70

Estimulado por el hermoso relato de mi hermano Felihno, aqui esta esta mi “babosadita”, conciente que no le llega ni a la mitad de su relato, espero que este sea tomado como lo que es, un recuento de bellos recuerdos de alla en la tierra linda en aquellos dias mozos. Recuerdo aquel sabado por la tarde, alla en mi pueblo que, convencido que en el baile de esa noche, me atreveria a hacerle la pregunta del siglo a aquella cipota, me decia a mi mismo (para fortalecer mi espiritu): “Tonight is the night” (Rod Stewart) y es que ella, era sin lugar a dudas un “Hot child in the city” (Nick Gilder), con esa su “Strange way” (Fireball) que tenia para hacer que muchos nos convirtieramos en “Dream weaver”(Gary Wright) y soñaramos con ser una “Love machine” (The Miracles). La ocacion se llego y al verle aparecer por la puerta siendo ella una “Long cool woman, in a black dress”, mi carta de presentacion fue decirle “Brandy, you are a fine girl” (Looking Glass) y ciertamente me gustaria “Kiss you all over” (exile), y hacer de las nuestras unas “Nights in white satin” (The Moody Blues), sintiendonos que “We are the champions” (Queen) y, si la orquesta “Play that funky music” (Wild Cherry), “I go crazy” (Paul Davis) como una “Dancing machine” (Jackson - 5), tratando de enseñarte “The way I want to touch you” (Captain & Tennille), asiesque “Take a chance on me” (Abba), “Let your love flow” (The Mellamy Brothers), haremos asi, con nuestro romance que tu ex novio sea solo un malo “Reminiscing” (Little River Band), y “Taking it to the streets” (The Doobie Brothers), o “Roll on down the highway” (Bachman-Turner Overdrive), lo nuestro sera como un “Love rollercoaster” (Ohio Players). Ella me respondio: “You are no good” (Linda Rodstadt), yo no busco mi “Shining star” (Earth, Wind & Fire) por que “I’m not in love” (10CC) pues ya una vez yo “Fooled around and fell in love” (Elvin Bishop) y a pesar que le decia “Don’t go breaking my heart” (Elton John), el unicamente respondio, queria “Just a little bit of you” (Michael Jackson) pues soy como un “Horse with no name” (America), que todo lo ve “Black & White” (3 Dog Night), aun asi, le dije ultimamente “Baby come back” (Player), mas no lo hizo y me dejo con “Sad Eyes” ( Robert John) y sitiendome como un “Lovesome looser” (Little River Band). Por eso, Monsiour ahora solo quiero estar “All by myself” (Eric Carmen), por favor no pienses que soy una “Evil woman” (ELO). No me quedo mas alternativa que decirle “I can see clearly now” (Johnny Nash), “If I can have you” (Yvonne Elliman), aunque me sentire muy triste, no podre evitar quedar “Alone again , naturally” (Gilbert O’Sullivan). Y asi termino aquella “Saturday night” (Bay City rollers). Y ya me voy por que esta lloviendo, “Black water” (The Doobie Brothers).

Salú,

El Monsiour.


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